VALHALLA RISING (Nicolas Winding Refn, 2009)
Cuando un título escrito con letra supersimple, muy grande, en blanco, invade por corte el fondo negro al ritmo de un golpe de bombo es estupendo. Me recordó a DOOMSDAY de Neil Marshall. Un martillo pilón con mucho reverb pero al fin y al cabo efectista, tan Friedrich (el pintor romántico) con personajes de espaldas mirando un paisaje imponente. Delante de la cámara. Un viaje, una peli de vikingos filosófica, algo que pretende rudeza pero que se desvía (sin querer) hacia una monumentalidad inofensiva, con cámara lenta “que queda muy bien, oye”. No pasa nada. Tiene un ritmo hipnótico, horizontes… la niebla es muy dada a ello, sin límites, pero es un viaje iniciático, AGUIRRE. Me imagino la peli sin personajes y sólo paisajes, o también me la imagino sin paisaje y sólo trozos de carne, hombres barbudos con salpicones de sangre. Las religiones como columna sustentadora de la conciencia terrenal. Las moscas, los cielos, las nubes, las rocas, los pelos, las pieles… las acciones que se hacen, hay que hacer.
Voy con el guión. Lo mejor de la peli. Es lo mejor, buah! Un súmun de lo directo: ahora sucede esto, ahora esto, ahora esto. Todo lo básico que además proporciona profundidades, muchos recovecos, una acción tras otra, misiones cumplidas por el hombre tuerto y mudo. El tótem. El hombre-roca. Por eso molestan sus predicciones rojizas como flashforward. Fuera de todo discurso. No viene a cuento. Lo bueno es que aquí no hay fábula ni CONAN. Hay un espiritismo, una religiosidad que se clava en el barro.
¿Y a dónde va el ritmo de VALHALLA RISING? Pues no tiene gancho. Peca de tenerlo claro, peca de sobrado. La negación por doquier. El no-pensamiento, las no-consecuencias, lo que no pasa y pasa. Nihilismo rodeado de riscos y moscas. La no-fatalidad de un hombre y sus ideales. Convicciones.


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