FUERZA VITAL

HUSH… HUSH, SWEET CHARLOTTE (Robert Aldrich, 1964)

Posted in -----REVISTAS FV-----, 08 by fuerzavital on abril 7, 2011

—- Jordi Gor —-

Robert Aldrich fue un tío muy grande. Rodó mucho y casi siempre bien. Pero, por algún motivo, ha terminado siendo calificado como un mero, pero eficaz, artesano dentro del sistema de Hollywood. A consecuencia de esa ligera clasificación, resulta ahora, indiscutiblemente, mucho menos popular que un Sam Peckinpah y, quizás, intelectualmente menos valorado que un Richard Brooks.

Como esos dos directores, Aldrich tiene una garra que traspasa la pantalla a puñetazos. Da igual el género o tema que escogiera en cada momento, un western como “Veracruz”, filmes de comandos como “Doce del patíbulo” o “Comando en el Mar de China”, o una cinta de misterio como esta reseña, cuyo título en la soleada y negra España de aperturismo fue ingeniosamente; “Canción de cuna para un cadáver”. ¡Toma ya!

Esos filmes, siguen siendo, al día de hoy, algo más que una cinta del Oeste, unos simples filmes bélicos, o un enrevesado thriller de suspense sureño. Son un gran espectáculo que, aun conservando cierto clasicismo, se adelantan también a su época. Se puede percibir en ellas, por ejemplo, la estética sofocante y grasienta del Spaghetti Western, el irreverente y cínico humor del Cine Exploitation, o el malsano y siniestro terror de los años setenta.

El estilo personal de Robert Aldrich es como una robusta armadura que protege una discreta, pero, elegante sensibilidad. Esta sensibilidad se desliza sutilmente entre los fotogramas y, aunque no se pueda percibir a primera vista, tampoco hay que esforzarse mucho en rebuscarla. Te llega sin que te des cuenta, desvelándose abiertamente una vez finalizada la visión. Y eso, eso reconforta.

“Canción de cuna para un cadáver” empieza con el filo de un hacha cercenando a golpes los flacuchos miembros de un aterrorizado Bruce Dern. Aldrich tiene el buen gusto de rodar su cinta en blanco y negro,  y nos ahorra tener que distinguir el espeso chorro de sangre que manchará el elegante vestido de la chica protagonista durante la fiesta que su padre, un rico hacendado de Luisiana y caballero del Sur, ha organizado en su mansión. Y a partir de ahí, la leyenda…

Una oscura leyenda que la chiquillada del pueblo se cuenta entre si para asustarse de vez en cuando y que canción de los créditos iniciales hace bien en subrayar. Una leyenda de atmósfera decadente y sombría, por donde se pasean subiendo y bajando escaleras, subiendo y bajando escaleras, subiendo y bajando más escaleras… una enfermiza Bette Davis y una madura, pero todavía bastante atractiva, Olivia de Havilland y el eternamente veterano Joseph Cotten, esta vez aficionado a empinar el codo y a resucitar cual Lázaro.

Vista hoy, cuarenta y cinco años después, puede que la trama no sorprenda tanto como antes. Todos sus efectos, sustos y trucos, así como los esforzados usos de la música y sus giros de guión, han sido exprimidos hasta la saciedad. Pero, si una noche cerrada y silenciosa te la programas y, tras bajar la persiana del cuarto, pulsas lentamente el Play de tu mando a distancia… funciona estupendamente. Solo por el detallazo del plano del bote desaparecido de la mesilla del dormitorio, merece la pena verla. El gran Robert Aldrich se merece eso y mucho, mucho más.

—- Jordi Gor —-

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