FUERZA VITAL

3 WOMEN (Robert Altman, 1977)

Posted in -----REVISTAS FV-----, 08 by fuerzavital on abril 13, 2011

—-Ana R.L—-

Según la RAE, la fascinación es a) Engaño o alucinación, b) Atracción irresistible. Ambas acepciones son válidas para el film de Robert Altman, “3 Mujeres”, un fascinante viaje al corazón de un misterio íntimo y arcaico que conecta la vida de las tres protagonistas: Pinky, Millie y Willie, unidas por fuerzas femeninas subterráneas y un destino crípticamente trágico. Estamos ante una historia de transmutación identitaria que adopta la forma de un drama en el que Pinky, la joven pueril y obsesiva de Texas, se siente embriagada por la personalidad de Millie, hasta el punto de querer –y lograr- sustituirla, mientras Willie, artista que carga esforzadamente un hijo en su vientre, parece comprender desde sus pinturas el sino de sus vidas, todo ello, en el paisaje desértico y humanamente decadente de la California profunda.

“3 Mujeres” se aparta de la obra de Altman coral y barroca, y se presenta en cambio recogida, íntima, bebiendo de las aguas de “Persona” (Ingmar Bergman, 1966), en un proceso creativo análogo al que Woody Allen realizó con sus obras bergmanianas, incluida aquélla titulada “Otra Mujer”, de 1988, en la que exploraba, como Altman en este film, la psicología femenina desde sus más íntimas neurosis, miedos y mentiras.

Los pasos narrativos que se escapan a la lógica, los movimientos dramáticos de sentido múltiple (el final, sin ir más lejos) o los personajes menos perfilados (Willie), quedan relegados a una importancia menor –si es que no son, por el contrario, el atractivo mismo del film- ante la capacidad cinematográfica de la película: la cadencia tranquila pero implacable, el suspense tan delicadamente mantenido por la banda sonora de Gerald Busby, las brillantes actuaciones de Shelley Duvall y Sissy Spacek, y una puesta en escena que combina la austeridad con el énfasis y la alucinación, bajo la fuerza motora de la penetración.

Altman bucea, penetra, traspasa la realidad aparente para acceder a otra, la realidad interior de sus personajes. De ahí el uso constante de los zooms, tan en boga en la época, que funcionan como vasos comunicantes entre ambas realidades: la exterior y visible (la del plano general o medio) y la íntima (la del primer plano), que nos ofrece una inmersión psicológica en los distintos perfiles y una relectura de la realidad exterior bajo las perspectivas deformantes de cada rostro y cada mente, tal como nos anuncia esa interposición de agua que aparece en las primeras imágenes, y que reaparecerá en varios momentos a lo largo del film, creando esa ligera distorsión de la imagen que nos habla de las múltiples percepciones del mundo… y de uno mismo.

Uno de los zooms que hay en el film se hace sobre los botes de comida que Millie ha comprado para la cena con amigos que nunca se producirá. Equiparable a aquel enigmático zoom que Scorsese practica en Taxi Driver al vaso burbujeante que De Niro bebe en un bar –¡que me perdonen si era un travelling!-, el zoom de Altman a los botes de patatas y de salsa de tomate subraya la emoción depositada sobre esos objetos al mismo tiempo que hace de ellos una súbita “naturaleza” muerta, que anticipa el conflicto a punto de suceder.

No es este el único presagio trágico de la película. Los murales que obsesivamente pinta Willie en pedazos abandonados de suelo o fondos de piscinas, se erigen en terroríficas visiones de futuro de la historia de las tres mujeres. En ellos aparecen, de forma recurrente, tres figuras femeninas y una dominante y masculina, que la cámara como la trama relacionan con Edgar Hart, fantoche-macho-alfa y antiguo doble de películas del oeste, del cual las tres, de una forma u otra, serán amantes, y que tendrá cierto peso en la resolución final.

Los murales de Willie, inquietantes y alegóricos, contribuyen a dimensionar esta historia, tan local y concreta, hacia un territorio mitológico, en el que estas tres mujeres parecen encarnar la unión secreta entre seres femeninos, entre las edades de niña, madre y vieja –o bruja, como es el caso de Willie-, conectadas por un complejo sentimiento de miedo ante el abismo -de la identidad, de la sexualidad, del propio género o incluso de la fatalidad-.

Uno de los tráilers de la película que puede verse en la edición de DVD, se cierra con la siguiente frase: “a motion picture that will make you reexamine everyone you’ve ever wanted to be” (una película que te hará reexaminar todas las personas que siempre has querido ser –aproximadamente-). ¿Podemos existir en más de una persona, en más de un cuerpo? ¿Qué significaría eso? ¿Qué implicaría? Robert Altman se encarga de plantearnos preguntas de esta guisa a través de un evocativo juego de desdoblamientos, multiplicidad y resonancias visuales que adquieren su clímax, delirante y vaporoso, en el alucinado sueño de Pinky en el que, súbitamente, todo encaja: las formas animalizadas de los murales con los cuerpos de las protagonistas y éstos, a su vez, con los de las gemelas secundarias. Todo se hila bajo el signo del delirio en una reunión de sentido a través de una conexión de las formas.

Inspiradísima secuencia que culmina el camino de enrarecimiento psicológico que había tomado el film y que precede a ese final manchado de sangre que es el parto de Willie, impregnado hasta las entrañas de la degradación emocional de todos los personajes. El rojo sangre que tiñe el clímax resulta, además, reveladoramente simbólico: en la mezcla sustractiva de colores el rojo es la suma del amarillo y el magenta, colores que definen la personalidad, el vestuario y hasta la decoración de la casa de Millie (siempre de amarillo, hasta en su coche) y de Pinky (vestidos y lazos rosas por doquier). Por cierto que, este cuidadísimo diseño de vestuario, se encarga de que la ropa que lleva Pinky vaya in crescendo en la intensidad del rosa conforme su personaje se torna más agresivo, mientras que el amarillo de Millie va consumiéndose al mostaza hasta decolorarse al gris, a medida que va siendo eclipsada y desplazada por Pinky.

Tras el parto, que reúne a las tres mujeres en un punto de no retorno, cualquier cosa era esperable en la resolución. Altman elige un extraño final, que podría apuntar a una transmigración completa entre los roles de las mujeres y que resulta verdaderamente críptico y, por qué no decirlo, algo efectista. Aún más, la línea de diálogo de Willie “he tenido un sueño maravilloso, aunque no consigo recordarlo”, podría dar a entender que el film comienza en ese punto, en lugar de acabar.

Al término de la película, por suerte, no es el significado del final lo que más importancia cobra, sino el camino fílmico en el que hemos acompañado a Altman que, como dice la RAE, es de una atracción irresisitble, una experiencia de alucinación a través del engaño –el propio cine-, que consigue crear metáforas intrigantes que beben de una creatividad irracional y poética, tanto como de una cuidada y muy pensada puesta en imágenes. El resultado trasciende sus elementos y se zambulle, directamente y con muchísima fuerza, en el corazón del misterio, puede que además de en el misterio de estas 3 Mujeres, en el misterio del cine.

—-Ana R.L—-

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