FUERZA VITAL

COCKFIGHTER (Monte Hellman, 1974)

Posted in Comentarios de pelis, Hellman-Salva by fuerzavital on julio 19, 2012

—-Marcos García-Ergüín—-

Este film, a pesar de conocer la insatisfacción personal de su director, ya que, según sus palabras, no pudo llegar a realizarlo como él realmente quería, se coloca bajo la producción de Roger Corman como una pequeña rareza para el cine de autor norteamericano y para las grandes figuras de la cinematografía. Así, la presencia de Warren Oates (Frank Mansfield), además de confirmar la predilección de Hellman por su interpretación (ya separado de la trayectoria de Jack Nicholson), aporta a la historia una especie de ritmo interpretativo que casi se presenta como el opuesto. Es decir, se podría decir que es casi anti-interpretativo, porque, aunque resulte paradójico, se sitúa al margen del valor interpretativo. Y es que Oates vuelve a los inicios del cine, a la actuación muda, y se despoja de la losa del discurso y de la cadencia del habla.

De esta manera, el actor norteamericano interpreta a un profesional del mundo de las peleas de gallos obsesionado con el máximo galardón de este ambiente oscuro y semi-ilegal, que, después de darse cuenta de su prepotencia, bravuconería y alcoholismo, decide dejar de beber y de hablar hasta que no gane la medalla al mejor cockfighter. De este modo, se justifica su interpretación gestual, que, a pesar de que pueda parecer lo contrario, no resulta para nada exagerada, ni sobreactuada ni, por supuesto, lo contrario (austera y lenta). La verdad es que su actuación posee un balance muy equilibrado y sabe llevar el protagonismo del film bajo una batuta entre el costumbrismo y la comedia de una manera magistral.

No obstante, el film no se apoya en la representación de los acontecimientos que rodean la vida de Mansfield. Es más, de hecho, posee un carácter casi documental que proporciona un atractivo visual sobre la América más profunda. Y es que, todo ese universo de apuestas, robos, trampas y festejos ilegales (o no), nos proporciona una biblioteca muy extensa de personajes rurales, que dota al film de una atmósfera reportajística que sobresale de entre la ficción. Todo un catálogo de “rednecks” o “white-trash” sureños que son fruto de la naturaleza del rodaje, ya que muchos son fruto de escenarios y situaciones reales.

Así, no es de extrañar que uno de los factores que provocó la insatisfacción de Monte Hellman tuviese que ver con las tomas de las peleas de gallos y de las timbas privadas, porque el rodaje, lejos de hacer gala de una producción majestuosa, se sirve de su corto presupuesto para utilizar todo tipo de ambientaciones, contextos y personajes de la realidad estadounidense. Un hecho que confiere al film un retrato muy sincero de la ficción que tanto se empeña en narrar. Y, quizás, precisamente, sea esto lo que debilita el film. Y es que, si no hiciese tanto hincapié en el argumento, podría haber extraído una buena lectura naturalista del entorno de las peleas de gallos. Sin embargo, a pesar de ello, la historia fluye perfectamente alternando la realidad fotográfica y la ficción de las diferentes secuencias. De  hecho, posee un gran ritmo, ya que la reflexión viene dada en gran parte por la selección de los encuadres.

Por otro lado, cuando hablamos de los encuadres, nos referimos a la puntualización gráfica que se hace de los diferentes momentos de la trama y, sobre todo, de los instantes de introspección de Mansfield. Un hecho que facilita que el trabajo fotográfico de Néstor Almendros adquiera una relevancia muy destacada. Por lo tanto, como venimos diciendo, no se trata de la contemplación de los silencios ni de la lentitud en el montaje. La reflexión del protagonista, a pesar de ser mudo, viene dada por su colocación y expresión en el modelo de encuadre.

La información relevante no viene condicionada por la voz en off del protagonista. Esto tan sólo es una parte del montaje para desarrollar las elipsis temporales y mejorar las transiciones  personales del personaje de Warren Oates. Así, lo que destaca es el valor pictórico de las escenas enmarcadas por la selección que Hellman y Almendros elaboran, que, precisamente, trata de arrojar más luz sobre la realidad de Mansfield.

Ahora bien, ¿Cómo trabaja exactamente la fotografía? Pues bien, quizá lo más impactante del trabajo sea el montaje de las peleas, como ocurre en la lucha final entre el gallo del protagonista y el de su antiguo amigo, ya que, aquí, por fin, a pesar de mantenerse al margen durante toda la película, el argumento parece denunciar este tipo de eventos de crueldad animal y se sirve de la realización para remarcarlo. Por lo tanto, lo que sucede es que la sangre se hace mucho más presente que en las anteriores peleas que se habían retratado, y se usan muchos planos de detalle para mostrar las salpicaduras e imprimir mayor ritmo y repetición a los momentos desagradables. Y es que, aquí, es cuando la amante de nuestro protagonista, a tenor de su sorpresa ante un acto tan cruel, decide abandonarlo por otro hombre que le ofrezca un futuro mejor.

No obstante, como venimos diciendo, las peleas de gallos se llevan el impacto y el protagonismo, pero no es precisamente donde Hellman pone todas las cartas sobre la mesa. Así, insistimos en que los momentos de contemplación son los que más fuerza tienen. De hecho, si nos fijamos en algunas secuencias en concreto, lo comprenderemos con mayor facilidad. De este modo, reiteramos que la contemplación no es lentitud ni falta de montaje, se trata de algo diferente, de una especie de selección del marco de representación que nada tiene que ver con el ritmo y la velocidad. Por lo tanto, si echamos un vistazo al momento en el que el film nos presenta a la novia de Mansfield, percibimos con total claridad cómo el film da el suficiente tiempo a Warren Oates para salir de la habitación y caminar hacia ella, pero no para forzar la tensión, porque, como luego descubriremos, no existe más que el amor y la felicidad entre ellos, sino para mostrarnos precisamente eso, el pasillo. Y es que su función es la de presentarnos la barrera espacial que les impide llevar su relación.

Asimismo, la cámara se mantiene fija para seguir a Mansfield en el porche con ella, y, poco después, el encuadre le acompaña cuando va a vacilar a la madre de ella. De este modo, como la dirección nos muestra muy sutilmente, la relación depende de él, de sus repentinas idas y venidas. Y no sólo eso, sino que durante la secuencia en a que hacen el amor, la cámara adopta un contraluz que parece presentarlos sobre un cielo quemado, con una absoluta brillantez blanca. Sin embargo, a medida que pasan los minutos, la cámara va abriendo el encuadre poco a poco para descubrirnos la totalidad de la composición. Y es entonces,  precisamente, cuando descubrimos que se encuentran a la orilla de un lago y que el fondo blanco era el reflejo sobreexpuesto del agua, porque su relación no es lo que parece (se les niega la felicidad). Por lo que, como venimos diciendo, la contemplación no viene dada por el ensimismamiento dramático, sino por la intención dinámica y selectiva de la fotografía. Así, se puede decir que son estos momentos concretos los que dotan de una gran personalidad al film.

No obstante, como conclusión, “Cockfighter”, aunque posee el carácter de un western, sustituye su predominancia telúrica por el retrato de una más que curiosa geografía humana. Consecuentemente, se produce el camino inverso al del género americano por antonomasia. Es decir, en lugar de moldear los personajes en base al carácter de la tierra salvaje, el film muestra la profundidad del paisaje rural mediante la descripción de los personajes.

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